“En unos minutos de juego se conoce, en realidad, a una persona”: así piensa RS Barcelona, la firma que convirtió el futbolín en objeto de diseño

Platón ya lo decía: se aprende más de una persona en una hora de juego que en un año entero de conversación. Esa idea, que podría parecer una simple boutade filosófica, es en realidad el hilo conductor de todo lo que representa RS Barcelona, la firma catalana que ha conseguido algo que pocos imaginaban posible hace treinta años: convertir el futbolín, el billar y la mesa de ping-pong en piezas de diseño codiciadas en medio mundo.

Con esa cita como punto de partida, Salir por Barcelona Podcast visitó la tienda de la marca, en la calle Còrsega 365, para charlar con María Carrasco, responsable de Marketing y Comunicación, y Rocío Maraber, Store Manager, sobre el recorrido de una empresa que nació en un pequeño taller y hoy factura el 90% de sus ventas fuera de España.

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De un taller de chapa metálica a la escena internacional del diseño

La historia de RS Barcelona empieza lejos de las ferias de interiorismo y del mundo del lujo. Todo arranca con Rafael Rodríguez padre, que montó un pequeño taller de chapa metálica y matricería junto a Vil·la de Cans. Durante años, ese taller familiar se dedicó a fabricar piezas metálicas para terceros, entre ellas las estructuras de los históricos billares y futbolines Córdoba, los mismos con los que generaciones enteras jugaron en bares y salones recreativos de toda España.

Como suele ocurrir en los negocios familiares, los hijos empezaron ayudando en verano, con pequeños encargos, hasta que la segunda generación —Sergio y Rafa— se incorporó de lleno al taller. Pero trabajar para terceros, por muy bien que se les diera, no acababa de satisfacer las ganas de crear algo propio. Fue entonces cuando decidieron dar el salto y aprovechar todo el conocimiento técnico acumulado durante años fabricando futbolines para desarrollar su propio producto.

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El debut, sin embargo, no fue el esperado. En su primera feria del sector recreativo volvieron con las manos vacías, y con más de una mirada de extrañeza de un sector que no entendía bien qué estaban proponiendo. El verdadero punto de inflexión llegó por casualidad, gracias a una conexión con Vinçon, la mítica tienda de diseño de Barcelona. Llevaron un futbolín un viernes; el sábado ya estaba vendido. El lunes siguiente, Vinçon les pedía que llevaran más unidades.

Aquel primer futbolín permaneció mucho tiempo expuesto en uno de los escaparates más visibles de la tienda, y eso lo cambió todo. Vinçon no era una tienda cualquiera: era el termómetro del diseño a nivel internacional, el lugar por el que pasaban, según recuerdan María y Rocío, “todos los popes del diseño”, compradores y marcas de otros países que iban a ver qué se cocía en Barcelona. Ser parte de ese escaparate convirtió a RS Barcelona en una marca conocida mucho más allá de sus fronteras, mucho antes de que la propia empresa fuera consciente de su potencial.

Sacar el futbolín del garaje

Durante los primeros años, el cliente de RS Barcelona era puramente residencial: particulares que compraban futbolines para casa, muchas veces a través de otras tiendas. El salto al mundo del contract y la hospitality, es decir, a hoteles, oficinas y espacios profesionales, llegaría mucho más tarde.

Pero antes de eso, la marca tuvo que enfrentarse a un problema de identidad curioso: nadie sabía muy bien dónde ubicarlos. Cuando intentaban entrar en ferias de mobiliario, la respuesta era tajante: un futbolín no es mobiliario. Esa frase, que hoy suena casi absurda, resume bien la barrera cultural que tuvo que romper la marca. ¿Por qué un futbolín, un billar o una mesa de juego no iban a considerarse mobiliario, si el propio acto de jugar revela tanto de quienes somos?

La respuesta de RS Barcelona fue, en el fondo, una declaración de intenciones: sacar el futbolín del garaje. Durante décadas, estas mesas se escondían en sótanos y trasteros porque se consideraban feas, ruidosas, poco elegantes. La marca decidió invertir esa lógica y diseñar piezas que hablaran “el mismo lenguaje” que el resto del mobiliario de una casa, para que pudieran ocupar el salón, la terraza cubierta o el ático sin desentonar. El objetivo no era esconder el juego, sino todo lo contrario: lucirlo, compartirlo, convertirlo en el centro de la vida doméstica.

Con el tiempo, el propio sector del interiorismo terminó dándoles la razón. Hoy, según cuentan, arquitectos e interioristas describen sus piezas como “la guindilla del proyecto”: el detalle que aporta autenticidad, sorpresa y sonrisas a cualquier espacio, aunque paradójicamente también sea, muchas veces, lo primero que se recorta cuando el presupuesto aprieta.

Materiales, sonido y una filosofía de durabilidad

El metal sigue siendo el alma de la marca, representando entre el 50% y el 60% de cada pieza. Es el origen de RS Barcelona y el material en el que son verdaderos expertos, así que renunciar a él nunca ha estado sobre la mesa. Pero con los años se han ido incorporando otros materiales, como la madera o el fieltro, no por seguir tendencias, sino porque el propio juego lo pedía. El fieltro, por ejemplo, amortigua el impacto del disco en el shuffleboard, evitando que golpee directamente contra la estructura metálica.

El sonido, de hecho, es una parte fundamental de la experiencia, casi tanto como el diseño visual. Para espacios como oficinas, donde el golpe seco de una bola de resina contra el metal puede resultar excesivamente ruidoso, la marca ofrece bolas de corcho silenciosas, pensadas para partidas más discretas. Cada detalle técnico está calculado en función del lugar donde va a vivir la pieza: no es lo mismo un futbolín en una terraza que uno en una sala de reuniones.

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Y esa palabra, “vivir”, resume bien la filosofía de fondo. RS Barcelona diseña sus productos para que puedan acompañar a una familia durante generaciones, con piezas desmontables que permiten repararlas por completo. No es una promesa vacía: tienen clientes que llevan sus futbolines de vuelta al taller años después de comprarlos para restaurarlos, e incluso para actualizar los jugadores pintados y sumar figuras femeninas al equipo original. Para la marca, esa durabilidad es la verdadera definición de sostenibilidad: un producto tan bien hecho que nunca necesita ser sustituido, solo cuidado.

Estados Unidos, la gran apuesta internacional

El 90% de las ventas de RS Barcelona son internacionales, y Estados Unidos ha sido, desde el principio, uno de sus mercados más estratégicos. Rafa y Sergio confiaron muy pronto en un país donde el espacio no suele ser un problema, donde el basement o la game room son casi un estándar en muchas viviendas, y donde la cultura del juego está profundamente arraigada. El futbolín, sin embargo, era una pieza desconocida allí, muy europea, y tuvo que abrirse camino poco a poco en las primeras ferias americanas, donde también generó más de una mirada de sorpresa.

Ese diálogo constante con el cliente internacional ha ido marcando la ampliación del catálogo. Después del futbolín llegó el ping-pong, y más tarde el billar, siguiendo la demanda de clientes que, satisfechos con su primera pieza RS Barcelona, pedían completar la colección con nuevas mesas de juego. Ahora la marca repite la jugada, pero a la inversa: trae a Europa el shuffleboard, un juego enormemente popular en Estados Unidos y Reino Unido, pero casi desconocido en España. Se trata de una mezcla entre petanca, air hockey y curling, en la que dos equipos lanzan alternativamente unas piezas de un extremo a otro de la mesa, buscando sumar puntos según la zona donde queden detenidas.

Ferias, personalización y una historia que emociona

RS Barcelona recorre cada año las citas más importantes del diseño a nivel internacional: Maison & Objet en París, el Salone del Mobile de Milán —todavía hoy la gran feria del sector—, Three Days of Design en Copenhague, además de Dubái, Estados Unidos y China, donde también estarán presentes en Shanghái. Muchas veces, sin saberlo, sus piezas terminan integradas en los stands de otras marcas, que buscan aportar ese punto lúdico y diferencial a su presencia ferial, incorporando un billar o un futbolín como reclamo visual.

Pero más allá de las cifras y del recorrido internacional, lo que realmente define a la marca son las historias detrás de cada encargo personalizado. María y Rocío recuerdan especialmente a un cliente francés de cierta edad que pidió un futbolín con los rostros y los nombres de todos sus nietos pintados en las camisetas de los jugadores, pensado para su casa en la Riviera francesa, donde la familia al completo se reunía solo una semana al año. La idea era que esa pieza hiciera que los nietos siempre quisieran volver. Cuando terminó el verano, el mismo cliente volvió a llamar: quería otro futbolín, esta vez para su piso de París, donde la familia se reunía de nuevo por Navidad.

Esa es, quizás, la mejor definición de lo que hace RS Barcelona: piezas que dejan de ser simple mobiliario para convertirse en la excusa perfecta para volver a reunirse, para jugar sin filtros y, como recordaba Platón al principio de esta conversación, para conocerse un poco mejor los unos a los otros.

RS Barcelona tiene su tienda en Còrsega 365, Barcelona.